Etiquetado más claro en beneficio de los consumidores

Durante años, la industria alimentaria ha empleado las etiquetas solamente como reclamo publicitario de cara al público. Sin embargo, el etiquetado de alimentos es el medio de comunicación más importante entre los productores de alimentos y los consumidores finales. Son una herramienta clave para que puedan realizar elecciones informadas sobre lo que compran y consumen. Así lo entienden también las autoridades españolas que consideran etiquetado a "todas las menciones, indicaciones, marcas de fábrica o comerciales, dibujos o signos relacionados con un producto alimenticio que figuren en cualquier envase, documento, rótulo, etiqueta, faja o collarín que acompañen o se refieran a un producto alimenticio”.
Aunque hay diferencias entre los productos envasados y no envasados, siempre es obligatorio que se incluya: información básica sobre la identidad, composición, propiedades y principales características del alimento; efectos sobre su salud, alérgenos, duración, almacenamiento y uso seguro; y, por último, información nutricional, también para personas con necesidades dietéticas especiales.
 
Los consumidores prestamos cada vez más atención a este contenido y por eso son muchas las asociaciones que han reclamado mayor claridad: desde el tamaño de la letra –pidiendo que pase de 1,2 milímetros, con excepciones de 0,9, a un mínimo de 3– hasta los valores de referencia de los nutrientes –solicitando que se basen en criterios uniformes para ayudar a los consumidores a descifrar la información nutricional con mayor facilidad–.
 
7 de cada 10 españoles consulta el etiquetado de los productos de alimentación siempre o casi siempre, según el último estudio monográfico del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación. Junto a la fecha de caducidad, el aspecto que más les interesa es el listado de ingredientes. El 90% de los españoles prefiere ver el listado completo de ingredientes, en vez de una lista reducida porque a todos nos preocupa saber lo que comemos.
 
A medida que vamos teniendo un mayor conocimiento de los efectos de determinados elementos en nuestra salud y que procuramos eliminarnos de nuestra dieta, tenemos más interés en que se detalle en qué porcentaje se encuentran en los productos que consumimos. No es casualidad que tres de cada diez consumidores dejen un producto en la estantería del supermercado después de leer detenidamente lo que contiene. El azúcar es el ingrediente que se considera más importante que esté incluido en el etiquetado de un producto.
 
Sistemas internacionales y etiqueta frontal
 
Tan importante es la etiqueta de los productos alimentarios, que la Organización Mundial de la Salud ofrece desde 1985 una serie de directrices generales que se han ido actualizando para procurar que en ningún caso se empleen para engañar a las personas: ya sea porque se promocionen cualidades inexistentes o porque se omita información relevante. La preocupación de las autoridades sanitarias no es solo que estén incluidos todos los datos relevantes, sino también que los consumidores los entiendan.
 
Para facilitar la comprensión general de cómo de saludables son o no algunos alimentos, se han desarrollado diferentes sistemas de etiquetado frontal a nivel internacional. Todos tienen en común el intentar simplificar el mensaje de forma que pueda entenderlo cualquier perfil de consumidor. Las que mayor implantación tienen en Europa son Nutriscore, de origen francés; Keyhole, la más extendida en los países nórdicos; y el sistema semafórico que emplea Gran Bretaña.
 
Nutriscore emplea un código de colores (asociados a letras) que van del rojo al verde según la valoración de su contenido en azúcares, grasas, sal, calorías, fibra y proteínas por cada 100 gramos de producto. Fue creado por la agencia de Salud Pública Francesa en marzo de 2017 y ha sido recomendado por autoridades sanitarias de países europeos como Alemania, Bélgica, Países Bajos y España.
 
Con cinco niveles de la ‘A’ verde a la ‘E’ roja, se categoriza a todos los productos de una forma muy simple y muy visual. Esta es su principal virtud y es también su principal defecto: si lo único que hacemos es una operación matemática en la que fibra y proteína suman, y calorías, azúcar, sal y grasas restan, nos encontramos con un sistema tan poco fiable que califica negativamente el aceite de oliva y positivamente un refresco dietético. De locos. Por desgracia, es tan absurdo como cierto. No se penaliza que un alimento sea ultraprocesado o los hidratos de carbono, pese a los efectos negativos que pueden tener en la dieta, y sin embargo se penalizan –y de forma indiscriminada– las grasas, que son parte fundamental de una dieta saludable.
 
En definitiva, lo que podemos aprender de Nutriscore es la utilidad de un etiquetado frontal sencillo y, en la medida de lo posible, universal para que los consumidores sepamos qué hay en cada producto que encontramos en el lineal.
 
Por su parte, el sistema Keyhole, creado por la Agencia Sueca de Alimentación, selecciona qué alimentos son más saludables dentro de cada categoría y los identifica con un incono en forma de ojo de cerradura (keyhole) en color verde. El símbolo está registrado como marca comercial y se aplica a 33 grupos de productos. Al igual que Nutriscore, analiza las cantidades de grasas, azúcares, sal y fibra que contienen los alimentos, pero en este caso lo hace siguiendo un conjunto de criterios comunes de las autoridades de Suecia, Dinamarca Noruega e Islandia, las Nordic Nutrition Recommendations. Eso hace que refrescos, dulces, pasteles y alimentos con edulcorantes artificiales no reciban, en ningún caso el sello de 'saludables' y que no se considere sistemáticamente la grasa como un componente negativo.
 
El mayor punto débil de esta 'cerradura verde' es que en sus 30 años de vida –se presentó por primera vez en Suecia en 1989– ha perdido el atractivo de la novedad. La industria y los consumidores ya no ven en él suficiente valor añadido. Ahora, sus principales promotores concentran sus esfuerzos en darle el impulso comercial que necesita para volver a tener la influencia positiva que demostró tener en sus comienzos, tanto para la industria como para los consumidores.
 
El sistema semafórico empleado en Reino Unido fue creado en 2013 por la Agencia de Alimentación Británica. Analiza los niveles de azúcares, grasas, grasas saturadas y, en este caso, también del valor energético total del producto, medido en cantidades de 100 gr/ml. Esta etiqueta frontal añade una indicación de qué porcentaje suponen esas cantidades del total recomendado diario. Si 100 gramos o mililitros de un producto superan el 25% del total diario recomendado estará indicado en rojo, si superan el 30% en rojo oscuro.
 
De este sistema, al igual de Nutriscore, los consumidores valoran lo sencillo que es, aparentemente, de entender: cuantas más categorías estén marcadas en rojo menos saludable es un producto. Pero la información que ofrece solo es relevante cuando comparamos dos referencias similares o alimentos que podamos incluir en una misma categoría (por ejemplo: postres). Emplear el mismo baremo para productos de composición muy diferente y de porciones medias muy distintas puede llegar a confundir más que ayudar.
 
Además de estos tres sistemas de etiquetado frontal, que probablemente sean los más conocidos y reconocidos, existen otras referencias de países culturalmente cercanos a España como Italia, que acaba de presentar NutrInform con un icono de batería; o Chile, que emplea una señal de stop para marcar qué alimentos son altos en azúcares, calorías, grasas saturadas o sodio.
 
La situación en España
 
En nuestro país, el Ministerio de Consumo ya ha anunciado que, como parte del plan integral de alimentación saludable que prepara con el Ministerio de Sanidad, tiene previsto incluir la recomendación de un sistema de etiquetado frontal sobre calidad nutricional de los alimentos.
 
Llegados a este punto, también es importante recordar que, en España, al igual que en el resto de países de la Unión Europea, no es posible legislar a nivel nacional sobre cómo deben etiquetarse los productos alimenticios. Sea cual sea la decisión final del Gobierno, solo será una recomendación, como en otros países de la UE. Nunca podrá ser una imposición.
 
De momento, el Ministerio de Consumo ha manifestado su preocupación por la salud de los españoles y especialmente por los colectivos que considera más vulnerables: mujeres, niños, niñas y quienes tienen menos poder adquisitivo. Entre estos perfiles busca desincentivar el consumo de productos poco saludables, como los ultraprocesados. Para lograr este objetivo, el Ministerio ha anunciado que está estudiando detenidamente los modelos de etiquetado frontal existentes y que acudirá al Agencia Española de Seguridad Alimentaria y Nutrición (en coordinación con Sanidad y Agricultura) para decidir por cuál de ellos se decantan y ponerlo en marcha lo antes posible.
 
Fuente: Interempresas

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